AmeriKa, tierra del adoKtrinado obediente.
La frustración, la ansiedad eKonómiKa, la atracción cuasi religiosa que exuda una figura pública popular y la ignorancia son fuerzas poderosas que ponen a prueba la solidez de los cimientos de una sociedad democrática.
Lamentablemente, la mayoría de los AmeriKanos nunca ha vivido bajo una diKtadura y difícilmente entenderá que lo mencionado más arriba presagia la llegada de un diKtador.
Es esta una de las razones por las cuales AmeriKa confunde el hedor del autoritarismo con aire fresco, hasta que le golpea directo en la nariz, cuando quizá ya es demasiado tarde.
Conmigo es diferente, porque soy cubano —nacido y criado en Cuba, no en Miami— y sé lo que significa ver cómo una diKtadura va tomando forma.
Yo escapé de una maquinaria de miedo, vigilancia y obediencia ciega. Esa experiencia me enseñó a detectar —y oler— a un líder que se alimenta de tácticas semejantes a leguas de distancia.
En resumen, no escapé de Patria o Muerte para venir a los Estados Unidos a atragantarme complacientemente con una secuela barata: Trump o Muerte.
Déjà vu
Durante los años de Obama, mientras Donald Trump promovía agresivamente su nueva imagen de patriota, comencé a notar un giro brusco en el ambiente sociopolítico de AmeriKa: un giro que despertaba ecos inquietantes tanto de la historia cubana como de la ameriKana.
Para el 2015, ya se notaban claramente las raíces del control ideológiKo ramificándose por los EE. UU.: una creciente intolerancia hacia la disidencia, demandas de lealtad polítiKa absoluta, una naciente Kultura de humillación pública y, por debajo del telón, un hedor racista cada vez menos disimulado. La lealtad a un solo hombre empezaba a pesar más que la lealtad a los principios; la sumisión total y absoluta comenzaba a reemplazar a la razón como hediente muestra de patriotismo rancio e ilegitimo.
Fue entonces cuando por primera vez me llamaron patriótiKamente comunista: no porque abrazara una ideología de izquierda, sino simplemente porque me negaba a apoyar a Trump. Era la primera vez en décadas que el silencio se sentía más seguro que la honestidad. Y eso me resultaba escalofriantemente familiar.
Esos fueron los primeros pasos. El adoKtrinamiento nunca se anuncia; se infiltra, disfrazando el control de convicción. Lo viví una vez bajo Fidel Castro —y ahora comienzo a verlo en AmeriKa bajo Donald Trump.
Las raíces Kubanas del adoKtrinamiento AmeriKano.
Crecí en Cuba. ¿Cómo podría ignorar las inquietantes similitudes entre el fervor desmedido que hoy despierta un individuo en AmeriKa y el adoKtrinamiento que sufrí bajo la revolución de Fidel Castro?
La devoción que rodea al movimiento de Trump reproduce, con otro uniforme, la lealtad ciega que Castro exigía.
En la Cuba Kastrista, el control total penetraba por cada rendija de la vida diaria: los vecinos espiaban a los vecinos, la lealtad a Castro era obligatoria y cuestionar la revolución podía costarte tu futuro —y el de tus hijos—. La religión era culpada de la decadencia moral, la disidencia era aplastada y las universidades quedaban reservadas para los obedientes.
Teníamos que fingir para sobrevivir. Cuestionar podía pagarse con años de prisión. Pensar por nosotros mismos era imperdonable.
La Kubanización de AmeriKa
Con los años, la conexión con mi pasado se ha vuelto cada vez más perturbadora.
Tomemos como ejemplo la delirante reacción a las elecciones presidenciales de EE. UU. en el 2020. La repetición constante de falsas afirmaciones sobre una elección robada se convirtió de pronto en prueba de lealtad, con figuras como Rusty Bowers, presidente de la Cámara de Arizona —republicano de toda la vida— públicamente repudiado por negarse a avalar acusaciones infundadas de fraude.
Esta división fue mucho más allá de la política; se filtró en amistades, lugares de trabajo e incluso iglesias, donde discrepar significaba a menudo el aislamiento. Una sociedad que alguna vez se enorgulleció de su libertad y pensamiento crítico ahora parece atrapada por tácticas de división, exigencias de devoción absoluta y una creciente intolerancia hacia la disidencia.
Las juntas escolares en toda AmeriKa hoy parecen campos de batalla ideológicos, donde los debates sobre la teoría crítica de la raza y las prohibiciones de libros han desatado amenazas, censura y la demonización de educadores: un eco escalofriante de la represión en Cuba contra los intelectuales que se atrevieron a cuestionar la revolución.
En Cuba me llamaron gusano contrarrevolucionario — la etiqueta que el régimen de Castro lanzaba contra cualquiera que se atreviera a cuestionar la revolución, reduciendo a los ciudadanos a plagas que había que silenciar. Hoy, en AmeriKa, me llaman comunista por oponerme a los mismos impulsos autoritarios.
En serio, nunca pensé que escaparía de Patria o Muerte... solo para enfrentarme a una variante igualmente repugnante.
Malinterpretando la libertad
“Mucha gente cree que está pensando cuando en realidad solo está reorganizando sus prejuicios.” — William James
El adoKtrinamiento del ciudadano comienza muy temprano. En Cuba, los niños eran obligados a jurar lealtad a Castro, a corear consignas como Seremos como el Che y a ridiculizar a sus compañeros de familias religiosas. Nos enseñaban a marginar y avergonzar a cualquiera que soñara con una vida fuera de la revolución.
En Cuba, el adoKtrinamiento era burdo: no había nada que ocultar. El gobierno controlaba toda la información, eliminando incluso la posibilidad de comparación.
En AmeriKa, el disfraz es más brillante y más engañoso. Aquí existe la ilusión de elección: un torrente interminable de información que crea la apariencia de pensamiento independiente. Pero las fuerzas ocultas de la desinformación son tan poderosas que neutralizan los beneficios de esa abundancia, moldeando creencias con la misma eficacia que la censura abierta.
En AmeriKa, el ideal de libertad se convierte en un arma para impedir que la gente cuestione a la autoridad. La libertad se retuerce hasta volverse un eslogan de lealtad acrítica: libertad para consumir, libertad para poseer armas, libertad para rechazar la ciencia, libertad para creer lo que convenga a una agenda política. Quienes se atreven a cuestionar esa libertad distorsionada son tachados de enemigos de AmeriKa.
Esa distorsión transforma la libertad en una jaula: una jaula de creencias incuestionables, lealtad ciega y conformismo forzado.
¿Y ahora qué?
El adoKtrinamiento es una herramienta universal usada por todos los regímenes que buscan poder, desde la Cuba de Castro hasta la AmeriKa de Trump. Reconocerlo es el primer paso para recuperar la verdadera libertad — una libertad construida sobre el pensamiento crítico, el diálogo abierto y el valor de cuestionar.
Como alguien que ha experimentado el adoKtrinamiento en carne propia, insto a los AmeriKanos a mirar más allá de los eslóganes, la división y las exigencias de lealtad. Desafíen sus propias creencias. Busquen la verdad más allá de los soundbites políticos. Y recuerden: la libertad no es obediencia — la libertad es la capacidad de pensar libremente.